LA MANERA SANTA DE ACTUAR – Por Marcos Porrini *

Actuar es siempre un dilema, y lo es más para aquella persona deseosa de agradar a Dios. El intento de agradar a otro nos saca de nosotros mismos, nos obliga a la empatía, a la comprensión de cuáles sean los gustos e intereses de la otra persona. Y esto es un gran desafío, donde más que certeza, uno tiene intuición, suposiciones, prejuicios respecto al misterio del Otro.

Jesús cuenta la parábola de un hombre que sale de viaje, habiendo entregado previamente algo de dinero a sus servidores. Estos deben cuidar del dinero. Un servidor recibe cinco monedas, otro servidor recibe tres monedas y otro, una sola. Los primeros dos servidores negocian y acaban duplicando el dinero que les diera su amo. El tercero entierra la moneda y espera a su amo para devolvérsela. Finalmente, cuando el amo retorna del viaje y se informa sobre el asunto, elogia la actitud de los dos primeros servidores y se disgusta con el último.

“Actuar es siempre un dilema, y lo es más para aquella persona deseosa de agradar a Dios.”

Sin embargo, y acá reside algo muy interesante, es el tercero quien conoce mejor a su amo, ya que le dice: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”. El amo confirma que la visión del servidor sobre aquel es cierta, cuando responde: “Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses”[1]. El punto a destacar es que este tercer servidor, si bien desagradó a su amo, lo hizo a causa de un conocimiento que aparentemente los otros dos no tenían. Estos actuaron con cierta ingenuidad, lo cual les fue positivo, y actuaron con especial osadía, ya que el negocio pudo haberles salido mal y quizá perdían el dinero de su amo. El problema con el tercer servidor fue que su conocimiento respecto al amo (que era hombre duro, que segaba donde no había sembrado y recogía donde no había esparcido) era un saber inútil, ya que tan solo ocasionaba en él un miedo paralizante.

“El Evangelio nos insta a madurar, a buscar la sabiduría, a no ser infantiles en nuestro modo de pensar, y asimismo nos insta a ser como niños”

La llamada “suerte de novato” (que podríamos aducir a los dos primeros servidores) tiene su valor pero es limitada. Ser un experto, por otro parte, también tiene su valor y sus límites: rigidez, temor a lo nuevo… Es necesario combinar las virtudes del experto con las del principiante, y esto iría en línea con el mandato de “hacerse como niños para entrar en el reino de Dios”[2]. No deja de haber paradojas. El Evangelio nos insta a madurar, a buscar la sabiduría, a no ser infantiles en nuestro modo de pensar, y asimismo nos insta a ser como niños. La parábola citada nos muestra a Dios como el amo y a nosotros como sus siervos; algo de valor se nos ha legado y pronto rendiremos cuentas sobre ello ante Dios. Vemos luego que Dios (este amo-Dios) es un misterio, su forma de actuar es casi imprevisible y eso bien puede atemorizarnos y paralizarnos: nos parece imposible saber con seguridad de qué manera agradarle. No somos del todo ingenuos (ya no podemos fluir en la inocencia del que ignora) pero tampoco somos del todo sabios. Para colmo de males, este amo-Dios en verdad quiere que logremos aumentar su riqueza: sea negociando o por intereses bancarios pero que aumenten.

En esto se figura el drama del hombre creyente, de aquel que ha sido instruido en la Palabra de Dios y ha observado lo suficiente para notar que hay un problema insoluble. Sabemos que Dios nos juzgará algún día, y sabemos que su juicio será según su propia justicia y no según nuestras ideas; aunque hemos estudiado la Biblia, esto solo trajo más confusión, las posibilidades parecen muchas y la duda permanece; nuestro actuar cotidiano alberga una gran duda de fondo: “¿estoy haciendo lo que agrada a Dios?”. No queremos consolarnos con mentiras, queremos la verdad, deseamos ser honestos y andar rumbo a la muerte con la seguridad de entrar al Cielo de los santos. Y algo nos paraliza; más sermones oímos, más alternativas “cristianamente aceptables” aparecen; desearíamos no tener que elegir, no tener que hacer nada, y sin embargo la vida nos pincha, nos empuja, es Dios mismo quien exige que actuemos y que seamos perfectos ante su mirada.

“Los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios”[3]. Surge el tema del Espíritu Santo. La clave enseñada por el Evangelio implica recibir el Espíritu Divino y ser guiados por Él, ya que es el único capaz de revelarnos, a cada paso del camino, qué es lo justo y preciso que nos toca hacer para agradar al Padre. Con todo, esto no deja de sernos problemático; se impondrá una nueva pregunta: “¿cómo hacer para recibir el Espíritu y seguir su dirección a cada paso?”; o incluso: “¿cómo estar por completo seguros de seguir al Espíritu Divino y no a impresiones tramposas?”. Esto nos pedirá, primeramente, un serio compromiso personal, una férrea conciencia sobre qué necesitamos, sobre qué es indispensable para la vida y para la vida eterna. Si estamos realmente convencidos respecto a la dependencia del hombre para con la guía del Espíritu de Dios, y si hemos notado ya cuán falible y porfiada tiende a ser nuestra propia opinión sobre las cosas, entonces sabremos cómo orar, qué es lo que urge suplicar a Dios por encima de todo.

“Que alguien ansíe radicalmente el Espíritu Santo es en verdad un milagro.”

Dice Cristo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”[4]. Nadie pide porque sí el Espíritu Santo, no es algo típico de entre los deseos humanos. Es de lo más natural y general que deseemos salud, alimento, vivienda, alegría, paz, prestigio y placeres; tomar consciencia del valor de estas cosas es  inherente al “hombre terrenal”, como lo llama el Evangelio. Sin embargo, es extraño desear el Espíritu Santo, y aún más extraño es desearlo por encima de todas las cosas. Los beneficios de recibir el Espíritu son muy poco evidentes para “el hombre terrenal”; el Evangelio nos enseña, empero, que nada es comparable con recibirlo, que es esencial y supremo, y que sin el Espíritu, cualquier cosa que hagamos será vanidad, será inútil, será condenable ante el juicio divino.

Que alguien ansíe radicalmente el Espíritu Santo es en verdad un milagro. Esto es signo de la fe, la cual es un regalo de Dios para sus escogidos. Pedirlo, por tanto, es ya garantía de que el Padre Bueno lo entregará a nosotros. Es necesario, desde luego, comprender el propósito del Espíritu, tener cierta idea básica de para qué lo pedimos. Debemos considerar, en principio, aquello para lo cual el Espíritu de Dios es cosa indispensable, y esto es: para comprender a Dios y actuar según su justicia, y así alcanzar la salvación eterna. Habrá, por cierto, beneficios secundarios (si vale decirlo), pero si pensamos solo en estos, tal vez seamos luego tentados a procurarlos por medios distintos, sean típicamente mundanos o aun demoníacos, ya que hay medios humanos y diabólicos para obtener tanto el bienestar emocional como la prosperidad y hasta el poder de realizar maravillas.

Quien aspire al éxito en el Camino de Cristo, sabrá que ningún ejemplo de acción ajena, por más virtuosa y admirable que sea, será suficiente para darnos certeza sobre cómo agradar a Dios. Nuestra vida es un misterio; aquello que Dios quiere específicamente de nosotros en cada día, es realmente un misterio. No nos basta asumir esto como mera excusa y decir que es imposible saber cómo actuar. Dios quiere que actuemos y que lo hagamos de la manera santa, y esto es posible únicamente por la fe, la fe que nos abre al Espíritu, el Espíritu que guía nuestro cuerpo y nuestra alma en la dirección de lo perfecto.


[1] Mateo 25:14-30 (versión RVR1960).

[2] Mateo 18:3.

[3] Romanos 8:14.

[4] Lucas 11:13.

*de la Iglesia Presencia de Dios

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